martes, 3 de julio de 2007
lunes, 25 de junio de 2007
Para hoy...
"Lo que inhibe o frena a menudo mis pasos en la vida práctica, lo que parece duda o indecisión, quizás sea en mi caso debilidad, pero es lo contrario de ligereza y descansa en un profundo sentido de la responsabilidad del hombre por cada uno de sus pasos."
jueves, 10 de mayo de 2007
Regreso a España
Preferí pillar el tren que salía de Jena a las 8.30 de la mañana porque, aunque suelen ser eficientes, nunca se sabe y más vale ir con un par de horas de adelanto en caso de contingencia. Así que desayuné en el hotel, recogí la factura y decicí ir andando hasta la estación Jena West, que está a unos 10 minutillos desde el centro de la ciudad.
Como de costumbre en mi caso, para llegar al aeropuerto de Frankfurt hay que hacer trasbordo, así que el primer tren fue un regional que, apenas 15 minutos después, me dejó en Weimar. Es una ciudad dicen que muy bonita y conocida por ser el origen de la llamada República de Weimar, régimen alemán de entreguerras cuyas bases se establecieron en esa ciudad de Turingia aparentemente alejada del bullicio. Esa etapa finalizó a principios de los años 30 con el apogeo del nacional socialismo.
El sobrenombre de la estación da una idea del carácter de la ciudad, eminentemente cultural. Allí esperé un ratillo hasta que llegó un InterCity Express, una especie de AVE alemán, que acumulaba unos 15 minutos de retraso. Procedente de Desden y destino aeropuerto de Frankfurt, este tren era especialmente cómodo y nuevo. Sin embargo, la velocidad máxima que alcanzó fueron los 170 km por hora. Ciertamente me esperaba algo más, quizás no podía ir más rápido por el tipo de vía.
Una vez en el aeropuerto, con bastante tiempo por delante, decidí ir a la Terminal 2, desde donde salía mi vuelo, en tren, en lugar de hacerlo en autobús, descubriendo que el este último medio (ambos son gratuitos) es bastante más cómodo y rápido. Para pillar el Skyline hay que entrar en la Terminal 1 y recorrerla. Es útil para cambiar de terminal si ya estás dentro, pero si justo vas de la estación de tren a la Terminal 2, lo más sensato es pillar el autobús. Ya lo sé para la siguiente ocasión.
Busqué el mostrador de Iberia, facturé y entré, no sin antes ser requerido a abrir mi mochila por la guardia de seguridad alemana. Parece ser que se me había olvidado tirar la botella de agua, y como ahora no se pueden meter líquidos... Yo me disculpé porque se me había pasado completamente (todo en alemán, sí señor) y la mujer me dijo si quería beber algo. Así hice y luego le di la botella, que fue directamente a la basura. Cierto es que llevaba una intención, y es que como los simpáticos de Iberia no dan ya ni agua en los aviones, qué menos que llevar una pequeña botella, pero claro, no tuve en cuenta el tema de las nuevas normas de seguridad. Desde aquí hago un llamamiento para que, al menos, den agua o algo de beber. Vale que los refrescos y la comida la tengas que pagar aparte, pero agua... eso ya es pasarse. La nueva táctica consiste en entrar con botellas vacías y llenarlas dentro de la zona de embarque. Es cutre, sí, pero pagar 2 euros o 3 dólares por una botella de 150 mL de agua es una pasada.
En Frankfurt tocó esperar un ratillo, mientras me comí un apetitoso bocadillo alemán. Luego en el avión me tomé un sandwich de estos que tienen, y, pese al precio, tengo que decir que estaba exquisito. Fast Good creo que se llamaba, y me dejó un buen sabor de boca durante algún tiempo.
Una vez en Madrid, aterrizando en la Terminal 4 S, volví a tomarme un café en un Starbucks, algo que no hacía desde mi llegada de los Estados Unidos. Pillé el tren subterráneo destino Terminal 4, pasé un nuevo control de seguridad (¿?) y esperé a la salida del vuelo a Sevilla, en uno de esos MD 88 que Iberia lleva jubilando unos años. Debo decir de todas formas que sus asientos son más amplios que los de los Airbus 319 que cubren las rutas con Frankfurt y Ginebra, con butacas grises y estrechas, frente a los A320 que cubren algunos vuelos con Sevilla y los de Londres, con sus típicas butacas azules y medianamente cómodas. Ambos aviones son tremendamente similares, no sé si sólo se diferencian en el interior o bien hay alguna otra variación. A ver si Iberia se entera que para incomodidades ya están las aerolíneas de bajo coste.
Y así, 13 horas después de la salida de Jena, llegué a Sevilla hacia las 21.30. Algo cansado pero bueno, era sábado. Desde el 1 de Mayo hay un vuelo directo Sevilla - Frankfurt, lo que hará las cosas mucho más fáciles y algo más baratas. Seguiremos informando pues.
martes, 1 de mayo de 2007
Jena
Al final el jueves por la mañana conseguí que una de las chicas de Potsdam me dejara meter las maletas en su coche para así, al terminar el curso, irme directamente a Jena desde el instituto. La idea, como comenté en el artículo anterior, era tomarme algo con Frank y luego irme en tren. Sucede que los alemanes del BGI me encontraron una plaza en la furgoneta en la que iban a Jena. A las 12 salimos de Bayreuth y llegamos a Jena hacia la una y media.
La frontera entre Baviera y Turingia en la A9, que une Munich y Berlín, es curiosa, se ven aún vestigios de la antigua frontera entre la antigua República Federal y la DDR. El límite natural es un río, sobre el que ahora existe un puente llamado "de la Unidad Alemana" Da gusto, comparaciones aparte. Primera diferencia nada más pasar la frontera: las carreteras son bastante peores, pese a que están invirtiendo bastante en arreglarlas y en hacer nuevas autopistas. Por cierto, es cierto que no hay límites de velocidad, salvo en tramos señalados. Una razón más para llevarse el coche.
Los alemanes me dejaron cerca del centro y yo ya me las apañaría para encontrar el hotel. La ciudad parecía distinta, como parada en el tiempo. No me agradaba en exceso. Había un claro elemento discordante, una gran torre en pleno centro de la ciudad, de la que luego hablaré. Mi hotel estaba supuestamente a unos 300 metros de la estación de trenes Jena Paradies, en la que paran los ICE a Berlín. Y allí estaba yo, sin mapa y nada, confiando en mi tradicional sentido de la orientación, que volvió a funcionar. No sé cómo lo hice, pero cuando ya empezaba a pensar que preguntar a alguien sobre la situación de mi hotel sería algo interesante, este apareció de repente frente a mis narices. Olé ahí. Dejé las cosas y me fui al Instituto, donde a mi futuro jefe le daban un premio.
Llegué sin problemas. Justo en el Instituto Kilian, un posdoc del grupo al que yo conocí en Bergamo, pese a que en ese momento no me acordaba y me extrañaba tela que el colega supiera mi nombre, me indicó por donde entrar a la sala de conferencias. Entré, mandé un mensaje a Frank disculpándome y atendí a las charlas. Allí estaban el rector de la Universidad y el Presidente de Turingia, el señor Dieter Alhaus. Cuando mi jefe me contó por mail que iba a ir "the Prime Minister" yo pensé en Frau Merkel, pero no era así... No me recibió la Canciller sino el Minister-Präsident del Land. Menos da una piedra.
Luego, tras charlas de gente importante tanto en alemán como en inglés fuimos al edificio principal del Instituto a inaugurar el nuevo microscopio electrónico. Desde la torre del instituto pudimos divisar la ciudad y tomar algunas fotos. A simple vista es una ciudad muy verde, situada en un valle, por lo que es muy estrecha en una dirección y bastante larga en la otra y está atravesada por el río Saale. Stefan me contaba que aquello había cambiado mucho, sobre todo en los tejados. Parece ser que en la etapa socialista no tenían ni material para los tejados. Me estuvo contando las diferencias y cómo era la vida antes. Interesante conversación. Visto lo visto me imaginaba cómo debía ser aquello apenas hace 15 años. Nos dieron de cenar, conversé con la gente, conocí al resto de mi grupo y así acabó la noche. Caí rendido nada más al hotel.
Al día siguiente volví al Instituto, igualmente bien vestido, con el objetivo de entrevistarme con mi futuro jefe. Él quiere que trabaje con ellos, aunque aún no tiene clara la ciudad en la que va a ser, puede que se vaya a Bayreuth. El Instituto en Jena es universitario, es un edificio de unos 50 años y se notan las diferencias con el de Bayreuth, que es uno de los centros punteros europeos de investigación. En Bayreuth tendría más oportunidades científicas, pero parece que la vida social y cultural es mejor en Jena. Siendo aproximadamente del mismo tamaño, aunque Jena es algo mayor y parece más ciudad (105.000 frente a 85.000), la población universitaria en la ciudad de Turingia es casi el triple (unos 21.000 estudiantes) comparada con la de Bayreuth. De todas formas me gustaría acabar en esta última, me gusta más la ciudad, ya me la conozco, parece que tiene más jardines y científicamente no hay color. En el verano revelaremos el misterio final.
Tras despedirme de mi jefe, que me dio información para visitar la ciudad, hice lo propio con Kilian y con Geertje, que me la encontré en el camino. El siguiente objetivo era conocer la ciudad. Hay otra pega en el Instituto, y es que está encima de un monte, hay que subir una cuestecita importante. Bajándola un chico me preguntó en alemán por la hora, se la dije y luego me dijo que de dónde era, porque era evidente que ninguno de los dos era alemán. Él era venezolano y trabaja en el mismo Instituto. Curiosa situación de nuevo, de hablar en alemán dos hispanohablantes, como ya me pasó en Frankfurt el año pasado. Este chico estaba haciendo el doctorado y llevaba un año allí. Le pedí el teléfono y mail y luego lo llamaría, porque yo quería descansar algo y cambiarme de ropa.
Tras llegar al hotel y ponerme algo menos informal, me dispuse a visitar la ciudad cámara en mano. Jena, que al principio me dio algo de miedo, me empezaba a gustar, y es que, salvo por la torre, es una ciudad muy acogedora. Esta torre de la discordia fue construida en los años 70, intentando emular un objetivo de cámara, ya que Jena es la capital alemana de la óptica. Y me puedo alegrar incluso, porque antes era una masa de cemento gris, ahora por lo menos tiene algo de estética, aunque no pegue para nada con la ciudad, donde los edificios más altos tienen tres pisos. Mi jefe mi dijo que debía subir a la cima, pero era tal el odio que le tenía al dichoso rascacielos que, evidentemente, no lo hice. Ahora es un edificio de la Universidad, dicen.
Y poco a poco, tras comer un sandwich de salmón y un cartón de fish and chips en el Nordsee, especie de McDonalds alemán de pescado, altamente recomentable, visité las diferentes atracciones de la ciudad, incluyendo el Museo Óptico y el famoso planetario, donde Galileo nos contó curiosidades sobre los planetas y estrellas, todo en alemán que, por cierto, entendí casi todo. Lo mismo me pasaba con las noticias en la televisión, aunque el que hablaban en la calle me costaba entenderlo. También fui a la estación del oeste, desde la que salen los trenes a Frankfurt, para comprar los billetes de tren para el sábado. Me sorprendieron las tiendas de verduras y frutas, incluyendo un mercadillo en la Markplatz. Parece ser que los espárragos blancos gruesos estaban de temporada. ¡Qué ricos!
Finalmente llamé al chico venezolano, porque esa noche había una fiesta latina, con españoles incluidos, para quedar. Localicé el lugar, junto a la estación de tren y allí estuve hablando con gente de Colombia y Ecuador. Tienen una especie de asociación bastante interesante, allí es difícil aburrirse.
A las 23.30 me volví al hotel, bastante cansado tras la semana intensa de cursos y el día de visita turística. A las 7 de la mañana me levanté, desayuné, e inicié el regreso a casa.
domingo, 29 de abril de 2007
Bayreuth
La noche del domingo al lunes apenas dormí. El fin de semana había estado Mike visitándome (ver artículos de California) y apenas había parado. Un gusto estar con él, ya pondré fotos y contaré los viajes. Mi vuelo salía a las 6.35 de la mañana, y entre el madrugón y los preparativos creo que logré dormir poco más de una hora. A las 5 apareció el taxi al que había llamado la noche anterior y que nos llevó al aeropuerto. Facturé para Frankfurt, vía Madrid, y Mike lo hizo para París. ¡Cómo se pasan en los aeropuertos! Un zumo de naranja y un pequeño bocadillo de jamón en Barajas salieron por casi 8 euros. Ya aterrizado en Frankfurt me fui a la estación de tren del aeropuerto. Allí estuve un rato con un chico de Galicia que iba a Bruselas, que vino en mi mismo avión y que no estaba muy familiarizado con el aeropuerto. A las 2 salía mi tren, destino Viena, aunque yo me bajé en Nuremberg, para desde allí ir en tren regional a Bayreuth.
Terminal T4 del Aeropuerto de Madrid Barajas
Estación de tren del Aeropuerto de Frankfurt
Destino: Viena estación del oeste
Skyline de Franfurt desde el tren
Llegué al hotel, descansé y me fui a dar una vuelta. Había quedado con Frank hacia las 8.30 en un bar llamado Rosa Rosa, para cenar y tomarnos algo. Al colega se le olvidó por completo, totalmente absorbido por sus últimos exámenes como universitario, y como yo estaba bastante cansado y sólo quería comer algo, tras haberle mandado un mensaje al móvil, comí y me fui a dormir. Ya tendríamos tiempo de vernos.
Ya el martes coincidí en el desayuno con Geertje, a la que ya conocí en Italia, y con Juliane, otra chica del grupo alemán que asistía al curso. Fuimos en su coche al BGI, Bayerisches Geoinstitut. El curso estuvo muy bien, la gente de Bayreuth es muy agradable y es bastante buena científicamente. He aprendido muchísimo. Además, el Instituto es una instalación puntera europea, tiene un montón de posibilidades, funciona, y recibe muchísima financiación. Es un buen sitio, sin duda. Y muy simpáticos los alemanes que conocí. Los únicos que veníamos de centros extranjeros éramos una chica francesa bastante interesante, en la misma situación actual que yo y que probablemente haga su postdoc en Bayreuth, y servidor. El resto, gente que trabajaba en Alemania, incluyendo ucranianas, rumanas y rusos. Me llevé muy bien con los que venían de Potsdam, una bonita ciudad junto a Berlín: Hauke, Sylvia y María. Con ellos fui andando desde el BGI hasta la fábica de cerveza Weisel, a la que fuimos tras las clases. Allí fue la cena del curso. Al final me quedé hasta casi las 11, entre alemanes que no paraban de beber cerveza. Yo ya estaba algo cansado, no tenía muchas ganas de hablar y menos en inglés o alemán, así que me aburrí un poco al final, pero estuvo interesante.
Entre el miércoles y el jueves me pasó algo curioso. He dicho antes que los alemanes son como norma general personas muy agradables y sensatas, pero parece ser que siempre hay una excepción, y esta vino de donde menos me lo podía imaginar. El jueves se acababa el curso y yo tenía que ir a Jena, para visitar la ciudad y mi Instituto. Lo lógico, como ya me dijo la secretaria de Jena, es que me fuera con las dos chicas de mi futuro grupo, que habían traído coche. De hecho, Gerd, el responsable de la red europea en la que posiblemente trabajaré e investigador en el BGI, me dijo que me podía ir con ellos, ya que parte del BGI iba a ir a Jena el mismo jueves. Pues no, doña Juliane parecía reacia a que yo me fuera con ellas en su coche. Ya luego Geertje, más simpática, me explicó que no se iban a pasar por el centro de la ciudad, donde yo tenía mi hotel, sino que irían al Instituto o a sus casas para vestirse para la ocasión (había una especie de ceremonia) y que, claro, no podrían dejarme y yo no me podía ir con ellas. Que lo sentía(¿?¿?¿?¿?). Geertje hizo de conciliadora, pero manda webs, o yo entendí mal o bien la hospitalidad alemana se había venido abajo. No daba crédito, porque Jena no es una ciudad grande, todo está cerca. A ver, si viene un chico extranjero a un congreso en Cádiz al que yo voy, si ese chico va a trabajar en mi grupo y luego tiene que venir a Sevilla, por supuesto que le digo que se puede venir conmigo en mi coche al terminar el congreso, faltaría más. Pues resulta que no es algo tan lógico. La verdad es que me daba igual, aunque Stefan, del BGI, me había dicho que no les quedaban más plazas en la furgoneta, yo me las avío totalmente solo, pillo un tren y punto, pero no deja de ser algo feo, la verdad...Esta tarde lo hablé con Frank, con el que quedé para tomarnos una cerveza. El chiquillo se mostró totalmente dolido por el olvido del lunes, pero estaba bastante agobiadillo. Le dije que no se preocupara. Frank es un gran amigo y gracias a él descubrí a Hermann Hesse, escritor alemán que recomiendo profusamente. Nos tomamos una cerveza. Bromeé con él diciendo que o bien yo había entendido mal o la chica de Jena me había entendido mal a mí o bien aquello era una descortesía considerable. Además, teniendo en cuenta que en cierta medida yo podría ser su futuro jefe... no era algo responsable por su parte, y es que se podría quedar preparando muestras hasta las 11 de la noche todos los días... allá ella.
Dejé a Frank que se fuera a repasar, al día siguiente tenía su último examen universitario. Hicimos una especie de trato, bueno, realmente lo hizo él: la siguiente vez que nos viéramos no íbamos a hablar en inglés. Él lo haría en español y yo en alemán. Creo que es algo difícil de cumplir, pero bueno.
Tras despedirnos llamé al resto de alemanes y quedé con ellos. Esta vez terminaron pronto de cenar, a las 8.30 y, como estaban cansados, se fueron. Yo me compré una ensalada en un Doner del centro y esa fue mi cena, alguna hora después en el hotel. Otra cosa curiosa, pedí que me esperaran dos minutos a que me prepararan la ensalada y sólo me esperaron los chicos, las chicas pasaron tres kilos y se fueron, otro detalle remarcable.
El jueves por la mañana finalmente una de las alemanas de Postdam me dejó llevar mi maleta en su coche al instituto, ya que yo no sabía exactamente lo que iba a hacer y cómo me iba a ir a Jena. En principio iba a quedar con Frank después de su examen, hacia las 3, nos íbamos a tomar una cerveza algo más relajados y luego me iría en tren a Jena. Por supuesto, mi querida futura estudiante no me dijo nada ni me ofreció su coche para al menos tener la maleta en el Instituto y no tener que volver al hotel, incluso cuando el miércoles se lo pedí a Geertje y ella asintió.
Finalmente Stefan me dijo que había plazas libres y que me podía ir con ellos. Así hice a las 12 de la mañana, no sin pena porque no me iba a poder despedir de Frank, pero tras haber pedido transporte a Jena el día anterior no me podía negar ahora al ofrecimiento. Así acabó la estancia en Bayreuth. Quizás vuelva.
Nueva visita a Alemania
En efecto, ayer Sábado a estas horas estaba volando desde Madrid a Sevilla, regresando de una estancia en tierras germánicas de una semana. ¡Qué me gusta ese país! Ciudades limpias, ordenadas, paisajes preciosos, gente leal y noble, no tienes que estar pendiente de que alguien te engañe etc.
He estado en Bayreuth, ciudad de Baviera ya visitada anteriormente, y en Jena, ciudad del estado de Turingia. Hacia el verano me iré a una de las dos, ya que mi futuro jefe no sabe aún en cuál estará. Cada una tiene cosas positivas y negativas. ¿Les he contado esto? No lo recuerdo... pero sí, me voy a Alemania. El pasado Febrero en Bérgamo, Italia, conocí al que va a ser mi futuro jefe, que estaba encantado con que yo trabajara en su grupo de investigación. Dicen que es un magnífico científico y mejor persona, así que de lujo, y encima es en Alemania. Pero había una pequeña pega, quería que me incorporara inmediatamente, para lo que necesitaba ser doctor. Como mucho podía esperar a la segunda parte del año (aclaración, para un alemán estamos hablando de Julio). Estas oportunidades apenas pasan una vez y no hay que pensárselas, yo no me podía permitir el lujo de dejarla pasar. Es una posición ideal, en un país que me gusta, trabajando en el mismo campo aunque con otros temas y con gente eficiente y amigable. Hace dos semanas entregué mi Tesis Doctoral. Han sido dos meses algo intensos, con una bestialidad de trabajo, todo el día dedicado a escribir, compaginando tal tareas con algunas clases que tenía que dar en la Universidad, pero finalmente lo conseguí. Ha sido como un reto y estoy tremendamente contento de mi productividad y de mi respuesta. A primeros de Julio, si todo va según lo previsto, seré doctor y podré irme a Alemania.
Mi futuro jefe quería que visitara la ciudad y el instituto antes de nada, así que la semana pasada, aprovechando un curso sobre Celdas de Diamante para tratamientos a muy alta presión que se celebraba en Bayreuth, al que pude asistir por intermediación de mi jefe, aproveché y visité Jena. Creo que voy a escribir varios artículos para que no se haga muy pesado de leer...
domingo, 8 de abril de 2007
Conversaciones en los Estados Unidos 2: El fútbol
Esta fue con mi jefe, que nos contó por qué el fútbol europeo no es en los Estados Unidos un deporte de masas. La mentalidad de una sociedad marca profundamente la vida diara y costumbres, parece ser. Desde el punto de vista de los norteamericanos el fútbol es un deporte con muy pocas reglas. Para empezar, ni el tiempo de juego es fijo, no es algo que se pueda controlar al completo. Por eso nuestro fútbol, soccer para ellos, no cuajó en una sociedad con tantas reglas como la norteamericana. Hay otros deportes con reglas mucho más estrictas y claras, como el baloncesto y el béisbol, que sí son deportes muy populares en los Estados Unidos. Ahí está la razón.
martes, 3 de abril de 2007
Conversaciones en los Estados Unidos 1: Los idiomas
Voy a intentar recuperar algunas de las conversaciones más interesantes que he tenido durante mi estancia en California, rescatando frases breves que me sorprendieron y que hacen reflexionar. Compartir mesa y mantel con personas de diferentes nacionalidades da para mucho.
Y hoy empiezo con una referente a los idiomas y la mentalidad de sus hablantes. Creo que fue de las iniciales, cuando mi jefe organizó la primera cena en su casa. Aún estaban los madrileños, que prepararon ensaladilla. Yo, para variar, acudí con mis tortillas de patatas.
En esa cena había algunas mujeres argentinas. Una de ellas vivía en Israel, de hecho se había casado con un hebreo, que era investigador y supongo que amigo de Brad. Durante unos meses estaban de estancia larga en California, quizás era un año sabático. Tenían dos niños: una chica de unos 12 años y un pequeñín que tendría alrededor de 5 m, algo travieso. La chica, bastante tímida, hablaba hebreo e inglés y decía que entendía algo mi español. De ahí creo que vino el tema de los idiomas, y es que en aquella mesa había hasta cinco distintos: inglés, español, hebreo, italiano y ucraniano, sin contar mi alemán básico ni el francés de mi jefe. Esta mujer argentina afincada en Israel nos comentó cómo varía la mentalidad de cada país según su idioma, y nos puso un ejemplo, comparando el alemán con el hebreo. La palabra era "llave". En alemán es Schlüssel, masculino. Se parece al verbo cerrar, schliessen. Una llave, en alemán, sirve para cerrar una puerta, semánticamente hablando. Dicho de otra manera, se asocia llave con el hecho de cerrar. Sin embargo, en hebreo es todo lo contrario. No recuerdo cómo se dice llave en ese idioma pero estaba relacionado con el verbo abrir, algo diametralmente opuesto.
Bonita reflexión, ¿no les parece? ¿Hasta qué punto nuestro idioma nos condiciona a ver las cosas de una u otra manera? ¿Hasta qué punto nuestra mentalidad y posición ante los hechos dependen de nuestro idioma? O visto desde el otro lado, ¿es nuestra forma de ser la que hace que tengamos estas diferencias en los idiomas? Dicen que hubo toda una época reciente de la Filosofía, el subperiodo lingüïstico, que se dedicó, entre otros asuntos, a estos temas.
miércoles, 28 de marzo de 2007
El viaje de vuelta
A las 15.35 del día 4 de Diciembre de 2006 salía mi primer avión. Me esperaba un largo día de viaje de vuelta a casa. Y allí estaba yo, en el Aeropuerto de Santa Bárbara, lugar tropical donde los haya, esperando a que saliera el vuelo. Ya había facturado antes de ir a la Universidad, así que apenas tenía peso, sólo el ordenador. El hombre de American Airlines me dejó que llevara algo de sobrepeso, supongo que al darse cuenta del viaje que me quedaba por delante, todo lo contrario que la imbécil de Los Ángeles en el viaje de ida. Afortunadamente las maletas iban directamente a Sevilla. No me tenía que preocupar por ellas. Al ser un aeropuerto tan pequeño los trámites de seguridad eran mucho más sencillos que en uno grande. Recuerdo que una mujer me abrió y registró la maleta, pero por lo menos lo hizo en mi presencia. Le puso una pegatina y me dijo que le dejara el candado abierto, que ya me lo cerraba ella al terminar. Pese a que no son cosas agradables, ni punto de comparación con otros aeropuertos de los Estados Unidos. Era el adiós a Santa Bárbara. El primer avión era pequeñito, ya que el vuelo era muy corto. Creo que era similar al que hace el trayecto entre Helsinki y Turku, en el que viajé en 2005. Última llamada por teléfono a casa y despegue...
Apenas media hora después de despegar, tras ver la costa del Pacífico californiana, con sus playas y ciudades, las Channel Islands y Los Ángeles, aterricé en LAX. Allí un chico mexicano, que no sabía inglés, me pidió ayuda para llegar a su terminal, ya que iba de enlace para México. Aterrizamos en la terminal de American Eagle, que se ocupa de los vuelos cortos dentro de California. Para ir al edificio principal había que pillar un autobús. Yo luego no tenía que salir, ya que despegaba de la terminal 4, pero el amigo debió seguir hasta la 3.
Localicé mi puerta, ya que hacia las 7.05 de la tarde despegaba el avión, también de American Airlines, destino Londres Heathrow. Me tomé el último café en el Starbucks y localicé la puerta de mi vuelo. Era curioso, toda la megafonía estaba en inglés y en español, y los letreros del aeropuerto, también. Impresiona, de verdad.
Alrededor de la puerta del vuelo ya se iba viendo cómo cambiaba la gente, ya sentía que dejaba los Estados Unidos, porque el estilo de ropa de algunas personas era típicamente británico. La aventura se acababa. Embarqué, la azafata se quedó con el papel verde de inmigración y pasé al avión. Era grande, un Boeing 777. Estaba mejor presentado que el Airbus 340 de Iberia con el que volé de Madrid a Chicago, ya que teníamos una pantallita de televisión para cada asiento. Se podía ver la posición del avión en un mapa, el tiempo de vuelo restante, velocidad, temperatura etc y se podían escoger muchos programas de televisión distintos en varios idiomas. Había incluso una toma de corriente para poder enchufar el portátil, pero con un enchufe raro, así que no me valió. La única pega es que en la parte central había 5 asientos, en lugar de los 4 del Aurbus. Pero el vuelo no iba demasiado lleno, en esa parte central estábamos sólo dos, uno a cada esquina, así que tenía hasta 3 asientos para mí. Aquello era como volar en business.
Sólo hubo algo de problema con uno de los azafatos, que hablaba un idioma incomprensible. Nada más despegar de Los Ángeles repartieron una especie de papel para poder entrar en el Reino Unido. Yo no sabía lo que era y él me preguntó sobre el idioma que hablaba. Al decirle que hablaba español me dio la tarjeta y me dijo que la rellenara. Imbécil. Era la tarjeta de inmigración. Luego le dije que yo era español de España, a lo que él me preguntó si ese país estaba en la Unión Europea. De traca. ¡Y ese tío trabaja en vuelos intercontinentales! madre mía... Evidentemente no tenía que rellenar nada, volvía a casa.
Cené una lasaña y luego nos dieron de desayunar. Llegué a dormir un poco en ese vuelo nocturno. Está chulo, apagan casi todas las luces y hay bastante gente con antifaces. Al ver tierra europea de nuevo tras casi tres meses me alegré. Aterrizamos en Londres, no sin antes dar alguna que otra vuelta, a mediodía, ya en 5 de Diciembre. Bienvenido a la UE.
Nunca antes había estado en el Reino Unido, aunque no sé si haber hecho un tránsito en Heathrow es suficiente para poder decir que lo he visitado. Allí me cambié de terminal, sin tener que pasar control de inmigración alguno, que se hace en el país de la UE destino final de tu viaje. Por lo tanto, parece que sólo te controlan si sales directamente al Reino Unido. Como no fue así en mi caso, no sé si los europeos tendremos una puerta especial para entrar en Europa. Si no fuera así, me parecería tremendamente mal, por eso del principio de reciprocidad...
Cambié de terminal y llegué al mostrador de Iberia. Allí me dieron las nuevas tarjetas de embarque y me dirigí a la puerta correspondiente. De Madrid a Sevilla me dieron un vuelo que salía algo más tarde de lo que yo tenía en mi billete, aunque comprobé que ya me lo habían dado así en California. Con eso de comprar los billetes con tanta antelación, hay vuelos que cambian de horario. En fin, llegaría un par de horas más tarde a casa, pero ya me daba igual.
El Aeropuerto de Heathrow me pareció un poco cutre, la verdad, no me dio la impresión de ser uno de los aeropuertos más importantes del mundo, aunque quizás estuviera en terminales antiguas. Ya empezaba a ver españoles por la zona, jeje. Un Airbus 320 nos llevó desde Londres a Madrid. Debería haber salido a las 15.30 hora inglesa, pero salimos con más de una hora de retraso. Por lo visto había una tormenta importante en Barajas. Ese avión tampoco iba muy lleno.
Como salimos con retraso, no tuve que esperar mucho tiempo en la T4 de Barajas. Aterrizamos y pasamos un minicontrol de policía en el que no nos pidieron ninguna documentación. Igualito que para entrar en los Estados Unidos. Estuve intentando buscar tiendas de Movistar para que me cambiaran la tarjeta del teléfono que se me había estropeado, pero no había. Un fallo en el aeropuerto, debería haber algo así.
Ya estaba en España, y no estaba excesivamente cansado. A las 10 de la noche más o menos tomé el último vuelo, destino Sevilla. Era un MD 88, esos viejos que Iberia lleva diciendo varias años que va a jubilar pero que nunca termina de hacerlo. Y aterricé en Sevilla a las 11 y pico de la noche, tras casi un día entero de viaje. No me dijeron nada al salir de la sala de equipaje, donde habían aparecido mis dos maletas sin ningún problema. Además, las maletas salieron para todos en la misma sala, ya que el aeropuerto de Sevilla estaba de obras. Generalmente si vienes de fuera de la UE tus maletas salen en la sala de internacional, pero ese día estaban todas juntitas. Bueno, sí que pasó algo. Como las etiquetas de las maletas americanas son distintas, el guardia me miró como de reojo y me preguntó que de dónde venía. Yo le dije que de Los Ángeles y que bueno, que si quería registrarme mi ropa... Me sonrió y me dejó pasar. Y ya está, allí estaban mis padres para recogerme en el aeropuerto...
Ese viaje de vuelta fue muy cómodo, sin ninguna prisa y con tranquilidad en todos lados. ¡Qué diferente del de ida! No sé si sería porque estaba ya de vuelta, pero para temas de jet lag es mejor venir de los Estados Unidos a Europa, y si pillas un vuelo nocturno, mejor. De todas formas lo importante es que por fin ya estaba en casa, ya sí que se había acabado la aventura americana.
Y este es el fin de estos relatos sobre mi estancia en los Estados Unidos. Espero que les hayan gustado a aquellos que los han seguido y que me han hecho comentarios o no. Me alegro mucho de haber conocido a tanta gente gracias a este medio, gente interesada en las cosas que cuento. Muchas gracias, de verdad. Creo que lo que aquí he escrito puede servir de mucha ayuda a gente que quiera visitar California, ya que he recorrido el estado casi de sur a norte, aparte de servirme a mí para recordar mi aventura. Si necesitas más información o consejos, no dudes en ponerte en contacto conmigo, la experiencia es un grado.
Pues eso, una historia más, un país más... seguiremos informado. Gracias a todos.
THE END
lunes, 26 de marzo de 2007
Mi casa en California
Llegó el lunes y yo dejé la casa donde viví tremendamente presentable. Ni punto de comparación a como me la encontré. No lo debería haber hecho, dado el trato que recibí de la casera, que a su vez era otra alquilada, por cierto, pero hasta lavé las sábanas de la cama. Uno no puede ser malo, lo cual es un gran defecto. Pero cada uno es como es. Lunes por la mañana. A las 9 llegaron los gaditanos a darme cosas para que me las trajera para España. De paso les di todos los restos de comida que tenía. A las 12 vino JD a recogerme. Destino: UCSB y aeropuerto. Último y definitivo adiós. Último y definitivo almuerzo en la Universidad. Tocó una ensalada ligera, que quedaba mucho viaje por delante. El día era espectacular. Era 4 de Diciembre y casi se podía estar en mangas cortas. Un regalo de despedida a California. La aventura se acababa...
domingo, 25 de marzo de 2007
El último domingo
Aquello se acababa. Ese domingo era el último día completo. Mike quería que le fuéramos a ver, y al final lo consiguió, así que volvimos a bajar a Los Ángeles. Como siempre, pillamos un coche de alquiler. El económico salía unos dos euros más barato en Enterprise que en National (de 52 a 50 dólares, no se vayan a creer...), así que, esa vez elegimos la primera. Nunca antes habíamos alquilado con ella. Lo que pasa que la avaricia rompe el saco, esta vez sí que nos dieron un económico de verdad, un Chevrolet Aveo, bastante pequeñito y sin las pijadas del control automático de velocidad... una lástima, aunque había que volver a acostumbrarse poco a poco a volver al mundo real.
De nuevo, el operativo estándar: recoger el coche temprano en el aeropuerto (pillar antes los dos autobuses correspondientes) y parar en el Outlet de Camarillo para ver y comprar cosas. Hacia las tres quedamos con Mike en pleno Beverly Hills. Allí comimos en Joan's, un sitio que me gustó bastante. Puedes elegir un montón de platos fríos y calientes, y hacer combinados, con una comida muy similar a la española: revueltos de verduras, ensaladas, carnes, me gustó el sitio. También tenían embutidos y otras delicatessen. Por unos 10 dólares cada uno comimos perfectamente. Uno de los camareros era bosnio, muy simpático él, aunque tuviera el pulso regular para hacernos la foto. Es un sitio famoso, dicen que la semana anterior Paris Hilton se dejó ver por allí. Parece ser que es frecuentado por el famoseo norteamericano, y nosotros no íbamos a ser menos.
Luego nos dimos la última vuelta por Hollywood, con su teatro Kodak y su paseo de la fama. Hay muchas tiendecillas por allí, donde se pueden comprar recuerdos no excesivamente caros. Yo me compré una bandera norteamericana, para seguir con la tradición, que ahora está colgada en mi salón, junto a la alemana y una británica que compré en Londres en el viaje de vuelta.
Luego tocó despedirse de Mike y volver Santa Bárbara. A las 8.30 habíamos quedado con parte de la gente del grupo para cenar en el Café de Buenos Aires y despedirnos. Allí estaban JD, Sylvian y su mujer, Jordi e Isabel y servidor. Buena parrillada de carne que nos comimos entre el alemán, el catalán y yo. Otra despedida más.
Finalmente logré que Isabel se llevara el coche y ella lo devolviera el lunes por la mañana, ya que yo iba a estar algo liadillo con los preparativos finales. Sylvian me llevó a casa y así se acabó el domingo. Al día siguiente dejaría los Estados Unidos...


