miércoles, 28 de marzo de 2007

El viaje de vuelta

A las 15.35 del día 4 de Diciembre de 2006 salía mi primer avión. Me esperaba un largo día de viaje de vuelta a casa. Y allí estaba yo, en el Aeropuerto de Santa Bárbara, lugar tropical donde los haya, esperando a que saliera el vuelo. Ya había facturado antes de ir a la Universidad, así que apenas tenía peso, sólo el ordenador. El hombre de American Airlines me dejó que llevara algo de sobrepeso, supongo que al darse cuenta del viaje que me quedaba por delante, todo lo contrario que la imbécil de Los Ángeles en el viaje de ida. Afortunadamente las maletas iban directamente a Sevilla. No me tenía que preocupar por ellas. Al ser un aeropuerto tan pequeño los trámites de seguridad eran mucho más sencillos que en uno grande. Recuerdo que una mujer me abrió y registró la maleta, pero por lo menos lo hizo en mi presencia. Le puso una pegatina y me dijo que le dejara el candado abierto, que ya me lo cerraba ella al terminar. Pese a que no son cosas agradables, ni punto de comparación con otros aeropuertos de los Estados Unidos. Era el adiós a Santa Bárbara. El primer avión era pequeñito, ya que el vuelo era muy corto. Creo que era similar al que hace el trayecto entre Helsinki y Turku, en el que viajé en 2005. Última llamada por teléfono a casa y despegue...

Pasillos del aeropuerto de Santa Bárbara

Sala de embarque en Santa Bárbara

La costa del Pacífico en California desde el aire

El avioncillo que me llevó desde Santa Bárbara a LAX

Vista de Los Ángeles desde el cielo, con su pequeño distrito financiero

Apenas media hora después de despegar, tras ver la costa del Pacífico californiana, con sus playas y ciudades, las Channel Islands y Los Ángeles, aterricé en LAX. Allí un chico mexicano, que no sabía inglés, me pidió ayuda para llegar a su terminal, ya que iba de enlace para México. Aterrizamos en la terminal de American Eagle, que se ocupa de los vuelos cortos dentro de California. Para ir al edificio principal había que pillar un autobús. Yo luego no tenía que salir, ya que despegaba de la terminal 4, pero el amigo debió seguir hasta la 3.

Terminal satélite del Aeropuerto de Los Ángeles Internacional, LAX

Localicé mi puerta, ya que hacia las 7.05 de la tarde despegaba el avión, también de American Airlines, destino Londres Heathrow. Me tomé el último café en el Starbucks y localicé la puerta de mi vuelo. Era curioso, toda la megafonía estaba en inglés y en español, y los letreros del aeropuerto, también. Impresiona, de verdad.

Alrededor de la puerta del vuelo ya se iba viendo cómo cambiaba la gente, ya sentía que dejaba los Estados Unidos, porque el estilo de ropa de algunas personas era típicamente británico. La aventura se acababa. Embarqué, la azafata se quedó con el papel verde de inmigración y pasé al avión. Era grande, un Boeing 777. Estaba mejor presentado que el Airbus 340 de Iberia con el que volé de Madrid a Chicago, ya que teníamos una pantallita de televisión para cada asiento. Se podía ver la posición del avión en un mapa, el tiempo de vuelo restante, velocidad, temperatura etc y se podían escoger muchos programas de televisión distintos en varios idiomas. Había incluso una toma de corriente para poder enchufar el portátil, pero con un enchufe raro, así que no me valió. La única pega es que en la parte central había 5 asientos, en lugar de los 4 del Aurbus. Pero el vuelo no iba demasiado lleno, en esa parte central estábamos sólo dos, uno a cada esquina, así que tenía hasta 3 asientos para mí. Aquello era como volar en business.

Sólo hubo algo de problema con uno de los azafatos, que hablaba un idioma incomprensible. Nada más despegar de Los Ángeles repartieron una especie de papel para poder entrar en el Reino Unido. Yo no sabía lo que era y él me preguntó sobre el idioma que hablaba. Al decirle que hablaba español me dio la tarjeta y me dijo que la rellenara. Imbécil. Era la tarjeta de inmigración. Luego le dije que yo era español de España, a lo que él me preguntó si ese país estaba en la Unión Europea. De traca. ¡Y ese tío trabaja en vuelos intercontinentales! madre mía... Evidentemente no tenía que rellenar nada, volvía a casa.

Boeing 777 de American Airlines procedente de Los Ángeles, en el Aeropuerto de Londres Heathrow

Cené una lasaña y luego nos dieron de desayunar. Llegué a dormir un poco en ese vuelo nocturno. Está chulo, apagan casi todas las luces y hay bastante gente con antifaces. Al ver tierra europea de nuevo tras casi tres meses me alegré. Aterrizamos en Londres, no sin antes dar alguna que otra vuelta, a mediodía, ya en 5 de Diciembre. Bienvenido a la UE.

Nunca antes había estado en el Reino Unido, aunque no sé si haber hecho un tránsito en Heathrow es suficiente para poder decir que lo he visitado. Allí me cambié de terminal, sin tener que pasar control de inmigración alguno, que se hace en el país de la UE destino final de tu viaje. Por lo tanto, parece que sólo te controlan si sales directamente al Reino Unido. Como no fue así en mi caso, no sé si los europeos tendremos una puerta especial para entrar en Europa. Si no fuera así, me parecería tremendamente mal, por eso del principio de reciprocidad...

Cambié de terminal y llegué al mostrador de Iberia. Allí me dieron las nuevas tarjetas de embarque y me dirigí a la puerta correspondiente. De Madrid a Sevilla me dieron un vuelo que salía algo más tarde de lo que yo tenía en mi billete, aunque comprobé que ya me lo habían dado así en California. Con eso de comprar los billetes con tanta antelación, hay vuelos que cambian de horario. En fin, llegaría un par de horas más tarde a casa, pero ya me daba igual.

Una sala de embarque en Londres Heathrow

El Aeropuerto de Heathrow me pareció un poco cutre, la verdad, no me dio la impresión de ser uno de los aeropuertos más importantes del mundo, aunque quizás estuviera en terminales antiguas. Ya empezaba a ver españoles por la zona, jeje. Un Airbus 320 nos llevó desde Londres a Madrid. Debería haber salido a las 15.30 hora inglesa, pero salimos con más de una hora de retraso. Por lo visto había una tormenta importante en Barajas. Ese avión tampoco iba muy lleno.


Airbus 320 de Iberia en el Aeropuerto de Londres Heathrow, destino Madrid

Como salimos con retraso, no tuve que esperar mucho tiempo en la T4 de Barajas. Aterrizamos y pasamos un minicontrol de policía en el que no nos pidieron ninguna documentación. Igualito que para entrar en los Estados Unidos. Estuve intentando buscar tiendas de Movistar para que me cambiaran la tarjeta del teléfono que se me había estropeado, pero no había. Un fallo en el aeropuerto, debería haber algo así.

Ya estaba en España, y no estaba excesivamente cansado. A las 10 de la noche más o menos tomé el último vuelo, destino Sevilla. Era un MD 88, esos viejos que Iberia lleva diciendo varias años que va a jubilar pero que nunca termina de hacerlo. Y aterricé en Sevilla a las 11 y pico de la noche, tras casi un día entero de viaje. No me dijeron nada al salir de la sala de equipaje, donde habían aparecido mis dos maletas sin ningún problema. Además, las maletas salieron para todos en la misma sala, ya que el aeropuerto de Sevilla estaba de obras. Generalmente si vienes de fuera de la UE tus maletas salen en la sala de internacional, pero ese día estaban todas juntitas. Bueno, sí que pasó algo. Como las etiquetas de las maletas americanas son distintas, el guardia me miró como de reojo y me preguntó que de dónde venía. Yo le dije que de Los Ángeles y que bueno, que si quería registrarme mi ropa... Me sonrió y me dejó pasar. Y ya está, allí estaban mis padres para recogerme en el aeropuerto...

Ese viaje de vuelta fue muy cómodo, sin ninguna prisa y con tranquilidad en todos lados. ¡Qué diferente del de ida! No sé si sería porque estaba ya de vuelta, pero para temas de jet lag es mejor venir de los Estados Unidos a Europa, y si pillas un vuelo nocturno, mejor. De todas formas lo importante es que por fin ya estaba en casa, ya sí que se había acabado la aventura americana.

Y este es el fin de estos relatos sobre mi estancia en los Estados Unidos. Espero que les hayan gustado a aquellos que los han seguido y que me han hecho comentarios o no. Me alegro mucho de haber conocido a tanta gente gracias a este medio, gente interesada en las cosas que cuento. Muchas gracias, de verdad. Creo que lo que aquí he escrito puede servir de mucha ayuda a gente que quiera visitar California, ya que he recorrido el estado casi de sur a norte, aparte de servirme a mí para recordar mi aventura. Si necesitas más información o consejos, no dudes en ponerte en contacto conmigo, la experiencia es un grado.

Pues eso, una historia más, un país más... seguiremos informado. Gracias a todos.

THE END

lunes, 26 de marzo de 2007

Mi casa en California

Llegó el lunes y yo dejé la casa donde viví tremendamente presentable. Ni punto de comparación a como me la encontré. No lo debería haber hecho, dado el trato que recibí de la casera, que a su vez era otra alquilada, por cierto, pero hasta lavé las sábanas de la cama. Uno no puede ser malo, lo cual es un gran defecto. Pero cada uno es como es. Lunes por la mañana. A las 9 llegaron los gaditanos a darme cosas para que me las trajera para España. De paso les di todos los restos de comida que tenía. A las 12 vino JD a recogerme. Destino: UCSB y aeropuerto. Último y definitivo adiós. Último y definitivo almuerzo en la Universidad. Tocó una ensalada ligera, que quedaba mucho viaje por delante. El día era espectacular. Era 4 de Diciembre y casi se podía estar en mangas cortas. Un regalo de despedida a California. La aventura se acababa...

Mi casa, 1215E Cacique Street (arriba). La ventana grande era el salón, la pequeña, el dormitorio

Aparcamientos del grupo de casas. En la escalera se ve a Robert, property manager, natural de la costa este, que se encargaba de mantener medianamente presentable el edificio y jardines

Estado final del dormitorio

La cocina

Así se quedó el salón (me llevé mis cosas que aparecen, claro)

domingo, 25 de marzo de 2007

El último domingo

Aquello se acababa. Ese domingo era el último día completo. Mike quería que le fuéramos a ver, y al final lo consiguió, así que volvimos a bajar a Los Ángeles. Como siempre, pillamos un coche de alquiler. El económico salía unos dos euros más barato en Enterprise que en National (de 52 a 50 dólares, no se vayan a creer...), así que, esa vez elegimos la primera. Nunca antes habíamos alquilado con ella. Lo que pasa que la avaricia rompe el saco, esta vez sí que nos dieron un económico de verdad, un Chevrolet Aveo, bastante pequeñito y sin las pijadas del control automático de velocidad... una lástima, aunque había que volver a acostumbrarse poco a poco a volver al mundo real.

De nuevo, el operativo estándar: recoger el coche temprano en el aeropuerto (pillar antes los dos autobuses correspondientes) y parar en el Outlet de Camarillo para ver y comprar cosas. Hacia las tres quedamos con Mike en pleno Beverly Hills. Allí comimos en Joan's, un sitio que me gustó bastante. Puedes elegir un montón de platos fríos y calientes, y hacer combinados, con una comida muy similar a la española: revueltos de verduras, ensaladas, carnes, me gustó el sitio. También tenían embutidos y otras delicatessen. Por unos 10 dólares cada uno comimos perfectamente. Uno de los camareros era bosnio, muy simpático él, aunque tuviera el pulso regular para hacernos la foto. Es un sitio famoso, dicen que la semana anterior Paris Hilton se dejó ver por allí. Parece ser que es frecuentado por el famoseo norteamericano, y nosotros no íbamos a ser menos.

Con Mike e Isabel en Johan's, en pleno Beverly Hills

Luego nos dimos la última vuelta por Hollywood, con su teatro Kodak y su paseo de la fama. Hay muchas tiendecillas por allí, donde se pueden comprar recuerdos no excesivamente caros. Yo me compré una bandera norteamericana, para seguir con la tradición, que ahora está colgada en mi salón, junto a la alemana y una británica que compré en Londres en el viaje de vuelta.

Luego tocó despedirse de Mike y volver Santa Bárbara. A las 8.30 habíamos quedado con parte de la gente del grupo para cenar en el Café de Buenos Aires y despedirnos. Allí estaban JD, Sylvian y su mujer, Jordi e Isabel y servidor. Buena parrillada de carne que nos comimos entre el alemán, el catalán y yo. Otra despedida más.

Finalmente logré que Isabel se llevara el coche y ella lo devolviera el lunes por la mañana, ya que yo iba a estar algo liadillo con los preparativos finales. Sylvian me llevó a casa y así se acabó el domingo. Al día siguiente dejaría los Estados Unidos...

domingo, 11 de febrero de 2007

El sábado

Seguíamos con las despedidas, o los "hasta luego", que suenan algo mejor. Ese día tocaba decir hasta luego a los gaditanos, a los que les quedaba y queda aún bastante tiempo de vida en los Estados Unidos.

Mi parada del 2, que me llevaba al centro de Santa Bárbara, en la esquina entre las calles Voluntario y Carpintería

Justo enfrente de mi parada se situaba la única casa de ladrillos que vi en Santa Bárbara

El inicio de mi recorrido todos los días, el 2 por la interminable calle Milpas

En el interior del autobús. Ojo a las cuerdas para pedir que pare

Ese sábado aproveché para tomar algunas fotos curiosas de Santa Bárbara, fotos para el recuerdo, como mi parada de autobús, la interminable calle Milpas, que me hacía creer que estaba en el lejano oeste, la calle State etc. Quedamos para comer hacia la 1 de la tarde. Ese día tocaba comida india, o hindú, en el Taj Mahal Restaurant, en plena calle State. Creo que el buffet costaba alrededor de 10 dólares, incluso menos, aunque las bebidas se tenían que pagar aparte.

Calle State

La comida hindú del día

Foto dedicada a Carlitos

Zona de La Arcada, donde tomamos café. Al fondo se ve a Isabel, Elena y a César

Luego intentamos tomar algún café por la zona del centro. Hacia las 4 y pico me fui a la Universidad. Había quedado con mi jefe para despedirme y hacer unos papeles oficiales para mandar por correo mis muestras de vuelta a casa. La Universidad estaba en pleno silencio, era otra cosa. Los despachos, vacíos. Todo se veía tan solitario... y empezaba a anochecer. No hacía frío, el día era claro, la última luz del día hacía de todo aquello un paisaje bastante melancólico, y feliz a la vez. Todos los malos momentos se veían superados. Había llegado al final y, más o menos, había superado el reto. No podía pedir más.

Bicicletero de la UCSB

Mi despacho solitario

Atardecer en la UCSB en un día de Diciembre de 2006

Ahí me sentaba yo. La caja de muestras llegó sana y salva a España

Mi jefe me felicitó, me dijo que siguiera trabajando en lo que había estado haciendo allí, que era algo relevante, y me regaló una taza de la UCSB. Allí se acabó todo.

Ese sábado se acabó en casa, descansando y empezando a preparar el regreso...

domingo, 28 de enero de 2007

La última semana llegó

Y allí estábamos ese lunes por la mañana, disfrutando como si fuéramos unos norteamericanos más. Mola eso de tener un coche aparcado en la puerta de tu casa e ir con él al trabajo. Apenas 15 minutos tardaría en coche, frente a la hora u hora y pico en autobuses. Sin embargo creo que ese día Isabel se fue más temprano a la Universidad y yo me permití el lujo de poder llegar algo más tarde, total, era la última semana. Con llegar para la clase de doctorado de mi jefe, a las 11, me bastaba.

Uno no elige el destino, y con esa sensación me encontraba esa última semana. Desde el punto de vista profesional por fin me empezaron a salir cosas interesantes. El plan B, diseñado a toda prisa por mí solito tras comprobar la imposibilidad experimental del proyecto que yo llevaba a California, empezaba a dar sus primeros resultados, justo cuando yo tenía que volver a casa. Así es la ciencia, dicen...

El último jueves, en la correspondiente reunión de grupo, di una conferencia sobre mi estancia allí. No tenía por qué haberla dado. Mi jefe de allí pasaba ligeramente del tema y además había otro chico autóctono del grupo tenía que hablar ese día. Isabel no quería que yo expusiera, porque eso le forzaría a ella a dar una charla similar a la semana siguiente. Sin embargo, yo me ofrecí a hablar, y me jefe aceptó de buena gana. Aparentemente los resultados eran relevantes y todos estaban muy contentos con lo que había salido, teniendo en cuenta que eran cosas muy preliminares. A mi jefe le gustó especialmente y se mostró muy ilusionado. Obviamente tendría que continuar aquí en España con los experimentos, algo que él mismo me sugirió. Luego me enteré que eso no es que sea muy normal por su parte, así que parece que el interés es sincero. Quizás haya sido un golpe de suerte, pero profesionalmente la estancia parece haber resultado exitosa. Es probable que salga algún que otro artículo científico de ella. Sin embargo, en el plano científico laboral personal de futuro no sé exactamente si ha tenido un efecto positivo o negativo para mí, más que nada ha traído consecuencias no demasiado buenas, pero ahora no es el lugar para comentar tal cosa.

La última conferencia

La semana fue pasando poco a poco, era la semana de las despedidas, de acabar la comida de casa y de decir adiós a la gente. Una tarde quedé con los vecinos del apartamento H, con Verónica, la chica de Perú, y su marido Lorenzo, americano pero totalmente hispanohablante. Y con su hija Candela, una ricura de pequeñina. Yo quería cenar con ellos, pero ellos cenaban muy pronto, así que una tarde me escapé de la universidad casi después de mi almuerzo. Plato típico, jeje, enseñé a Verónica a hacer una tortilla de patatas, que me salió bastante rica. Eso y una ensalada, una cena muy agradable en casa de mis vecinos. Les regalé un libro de Historia de España de Fernando García de Cortázar, edición de bolsillo, que me había llevado para leer allí. Finalmente leí poco, y estudié menos aún, pero ese libro fue de utilidad. De hecho es la segunda vez que lo regalo. Ellos también querían que fúeramos a comer a un restaurante peruano, pero me faltaban días.

Al día siguiente, viernes, tocaba recoger. Sin embargo tuvimos que acudir a una conferencia de un profesor alemán sobre RMN. Después de la conferencia tocaba pizza, nos invitaron. El grupo de química de la Universidad que también hace RMN las había encargado, así que comimos bastante. Me resultó curiosa una pizza de postre, de nata y canela, creo, a la que se le echaba una especie de crema dulce por encima. Cinnamon pizza, parece que se llamaba. Entre los estudiantes de ese grupo había un americano un poco americano, una chica que parecía buena gente, ambos alumnos del curso de doctorado de mi jefe, y un estudiante ya con algo de experiencia que me caía especialmente bien. Vino incluso a darnos una breve charla un día. Ese día también tocó sesión de fotos del grupo, en los alrededores de la Universidad.

Los tres españoles en la UCSB, foto con Isabel y Jordi

Parte del grupo americano, justo fuera de nuestro despacho

Entrada a la Universidad

Con el jefe

Espectrómetro de Resonancia Magnética Nuclear de 500 MHz, mi amigo en California

Cargué con muchísimos papeles hacia mi casa esa noche, dejando la que había sido mi mesa totalmente limpia. A media tarde me despedí brevemente de mi jefe. Estuvimos hablando sobre el trabajo y sobre los siguientes pasos a dar. Me regaló una taza con el logo de la UCSB, taza que tengo ahora en mi sitio en el ICMSE.

Esa noche teníamos cena en casa de nuestro jefe, que iba a preparar unas paellas. Yo le dije que si quería ayuda, y, como no, preparé un par de tortillas. Creo que tendrían 8 huevos cada una. Pero la llegada a mi casa desde la Universidad fue horrorosa. Había una cabalgata de navidad en pleno centro, en la calle State, y cortaron muchas líneas de autobuses. Así que tras esperar casi una hora en el transit center al autobús que me llevaría a casa, nos anunciaron que la parada se traspasaba a la biblioteca. Yo, previsor, no fui a esa, sino a la siguiente, la de los juzgados. Me faltó una parada más de previsión, porque pasado bastante tiempo vimos llegar al autobús de la línea 2 por la calle de al lado, pero girando alejándose de nosotros. El siguiente autobús, ya en la siguiente parada, tardó más de media hora en llegar. Así, lo que generalmente se hace en una hora, me llevó casi 3, cargado de bolsas y con prisa, porque tenía que preparar la comida.

JD llegó a por mí a la hora establecida, las siete y media, pero yo apenas acababa de empezar, así que fue a recoger a Isabel que estaba de compras por el centro. Finalmente, no sin un gran agobio, hice las tortillas. Llegamos tarde a casa del jefe, pero mereció la pena, aún quedaba comida. El colega había invitado a medio departamento, aquello estaba hasta los topes. Hablé un poco con los compis de grupo, por fin, y tuvimos una conversación medianamente interesante. Les pregunté cosas, y es que nuestra relación ha sido algo fría, muy americanos ellos y algo cerradillos. Les hablé de las diferencias entre Europa y los Estados Unidos.

Las paellas de Brad estaban de rechupete. Una normal y la otra con arroz negro. Ya podían estar buenas, porque se había gastado un pastón en los mariscos, como nos dijo Sylvian, el nuevo posdoc francés del grupo. La paella nada tenía que envidiar a las españolas. De hecho él guardaba arroz español como ingrediente secreto. Los mejillones, langostinos, almejas, vieiras... todo un lujo. Y mis tortillas, jeje, de las que también acabé satisfecho.

Restos de las magníficas paellas que preparó mi jefe

Al final nos quedamos Isabel, Jordi, JD y yo a ayudarle a limpiar la cocina, que daba pena. Luego nos fuimos a un pub de Goleta, medianamente decente, a tomar algo.

En el pub de Goleta

Isabel haciéndose amiga de una cerveza

Así acabó el viernes, la semana laboral y casi mi estancia en los Estados Unidos. Aún queda el último capítulo, el de ese último fin de semana, y supongo que un capítulo sobre el viaje de vuelta. 1 de Diciembre de 2006, ahí lo dejamos por el momento.

sábado, 27 de enero de 2007

Secuoia National Park, fin del viaje

Allí estábamos Isabel y yo, en mitad de la nada americana en una fría noche de Noviembre. Aquello era muy distinto del ambiente de la noche, y del día también, anterior en San Francisco. Los pueblos más cercanos tendrían unos cinco mil habitantes cada uno, la américa salvaje, natural, profunda y al mismo tiempo apasionante e impresionante nos contemplaba.

Hacía frío, mucho frío. Isabel quería que ese domingo nos levantáramos muy temprano, al alba, pero yo era partidario de esperar un poco, aunque tampoco mucho. Mi idea era salir cuando el sol llevara una hora fuera aproximadamente, para que así se levantara la niebla que seguramente tendríamos al amanecer y en el caso de haber algo de hielo en la carretera, que se deshiciera. Al final me salí medianamente con la mía, no sin la correspondiente semibronca de rigor. Cosas que pasan...

El desayuno de aquel Motel de carretera me sorprendió. Por allí andaba el hindú de la noche anterior preparando las cosas. Me hizo un gofre al instante, riquísimo y curioso. También habían familias enteras ocupando mesas. Desayunamos copiosamente, al menos yo. Seguidamente abandonamos el motel, serían las 9 de la mañana aproximadamente. Paramos en Three Rivers, el último pueblo antes de entrar en el Parque Nacional, a comprar algo de comida y echar gasolina. Hacia las 10 estábamos entrando en el Secuoia National Park. La mujer que estaba en el control nos dejó pasar sin problema, con lo que se constató que los 20 dólares que nos hizo pagar la individua del Kings Canyon el día anterior fueron el gasto más estúpido de todo el viaje. Nada más entrar paramos en el centro de información y un señor mayor muy amable nos contó lo que podíamos hacer durante el día. Por lo visto hay una gruta o cueva interesante, pero también estaba cerrada en invierno. Sin embargo, muchos sitios eran visitables.

Entrada al Parque Nacional

El día se había levantado con algo de niebla, aunque poco a poco se iba levantando. La carretera estaba bien, aunque no era excesivamente amplia y había alguna que otra curva. De hecho la estaban arreglando y había un tramo se sentido único en obras regulado por semáforos. Evidentemente, nos toco esperar.

Carreteras del parque con el Moro Rock al fondo

9 minutitos de parada

La primera parada fue la más alta, el Moro Rock, una especie de roca en lo alto, a la que se sube mediante un número indeterminado de escaleras. Desde allí se podía tener una magnífica vista de parque y de las montañas. Hacía algo de vientecillo y de fresco, algo normal dada la altura.

Peligros campestres

Isabel subiendo al Moro Rock

Vista de las montañas desde arriba

De ahí nos fuimos a disfrutar de una de las atracciones más insulsas del parque, el Tunnel Log, consistente en un arbolito autóctono caído sobre una carretera al que le han hecho un pequeño agujerito para que pasen los coches. Foto típica que todo turista debe llevarse, y nosotros no íbamos a ser menos. Por el camino nos encontramos con algún que otro animalillo salvaje. La escena era bastante bucólica.

Isabel atravesando el Tunnel Log

Escenas naturales

Ya en el día anterior y también ese domingo camino del Tunnel Log habíamos tenido nuestro contacto con las secuoyas, pero lo importante allí es visitar al General Sherman, presentado como el ser vivo más grande y viejo de la tierra. Acceder a él no es sencillo, ya que está algo alejado de la carretera. Hay que un pequeño paseo para poder contemplarlo. Junto a él se encuentran los miembros del Senado, que supongo que serán arbolitos algo más jóvenes y pequeños que el señor General. Me hacían gracia los nombres, y me acordaba de una clase de 3º de la antigua EBG, en el cole, cuando apenas tendría unos 8 años. En mi libro de Ciencias Naturales nos hablaban de las secuyoas, presentándolas como los árboles más grandes de la tierra. Lo que son las cosas, unos 18 años después allí estaba yo contemplándolas y recordando aquella página de mi libro, time flies...

Las secuyoas son tremendamente grandes, impresionan. Los carteles decían que su tamaño no se debía a que realmente fueran así por naturaleza, sino a que eran muy viejas. Por lo visto son muy resistentes a incencios, plagas y bichos varios y, al vivir tanto, crecen demasiado. Total, que allí estábamos viendo al señor General y a su Senado.

Inicio de la excursión a patita para ver al General Sherman

El General Sherman en todo su esplendor

Las explicaciones correspondientes

¡Qué pequeño se siente uno...!

Tras el paseo intentamos comer en alguno de los refugios-restaurantes-hoteles de parque, calentitos, pero vistos los precios, sólo tomamos un café y comimos en el coche, donde nos quedaba algo de sucedáneo de jamón que traía yo de Santa Bárbara. El chico que nos preparó el café nos contó que se quería ir a Nueva Zelanda a trabajar. Pequeño que es el mundo. Y luego, ya entrada la tarde, intentamos salir del parque por la parte norte, volviendo a la entrada del Kings Canyon donde estuvimos el sábado. Por un momento en esa carretera el paisaje cambió completamente e incluso nos apareció una espesa niebla. Isabel iba conduciendo, valiente ella. Hacía muchísimo frío.

Hacia el norte, camino del la entrada del Kings Canyon National Park

Curiosa señal que ya conocerán y que casi me cuesta la cámara

Niebla en la sierra

32 F o 0ºC, mucho frío. Sí, es Isabel la que conducía...

Entrada al parque por el lado norte. El respeto a los animales silvestres es máximo

De vuelta pasamos por el Orange Country, del que adjunto foto. También paramos en Bakersfield, una ciudad medianamente importante del centro de California. Cenamos comida japonesa rápida en un centro comercial, en una especie de plaza donde podías elegir comidas de todos los sitios: italiana, mexicana, china, burgers etc. De esa manera no hay problemas ya que cada uno como lo que quiere, y en la misma mesa que tus amigos. Finalmente, por la interestatal 5, no sin algo de atasco, llegamos a Santa Clarita, antes de Los Ángeles, y nos desviamos buscando a nuestra amiga 101 vía la 126. Me llamó la atención la cantidad de controles de policía que había en la autopista, parando a mucha gente, supongo que por exceso de velocidad.

Naranjitos en el Orange Country

Y así llegamos a Santa Bárbara, nuestro punto final e inicial, hacia las 11 de la noche, tras muchas horas de carretera durante todo el fin de semana largo. Una experiencia totalmente inolvidable, y ya iban unas pocas en todo el tiempo que llevaba en California...

No sé si he enseñado el coche de esta vez, todo un Chevrolet Malibu