sábado, 3 de octubre de 2009

Las suposiciones

De que al resto del mundo le va todo perfectamente. Craso error. Unas cosas son las apariencias y otras, aunque no siempre, la dura y cruda realidad. No hay nada como apartar un poco las obligaciones laborales y hablar un poco con las personas que tienes al tu alrededor, ya sean más o menos cercanas. Y te puedes llevar muchas sorpresas. Desde cosas mayores hasta pequeños asuntillos sin importancia. "¿Y por qué no me lo has contado antes?" Y no soy sólo yo el que lo piensa, sino algún que otro amigo y compañero de mi generación (los que estamos entre 25 y 30 años). Quizás sea la evolución normal, quizás sea este el momento, quizás haya que irse al extranjero y desaparecer para que las relaciones afectivas se refuercen, no lo sé. Miedos, inseguridades, temores, timideces, no lo sé, pero esto parece funcionar así. Será ley de vida. Será la llegada del otoño, será la crisis. Lo repito, no sé. Porque es una tras otra. De repente todo mi círculo de amistades, más o menos cercanas, está especialmente receptivo. Nunca había pasado algo similar. Y eso te hace que te plantees que en muchas cosas estás equivocado, en que no sólo debes buscar afecto y comprensión, sino que en la mayoría de las veces eres tú el que tiene que darlo. Sin que te lo pidan. Y que no hace falta estar decaído o triste para hablar con los que te rodean. Cierto que hay gente para todo y que también hay que saber elegir con quién se junta uno, pero algo mal hemos tenido que estar haciendo en nuestras vidas. Porque a fin de cuentas esto es lo único que nos queda en esta selva cruel en la que vivimos.

Y el tema que quería tratar hoy, en este intento que tengo por recuperar los momentos más destacables que he vivido con diferentes amigos y amigas en el pasado mes y en mis estancias tanto por España como por Alemania. Repito la frase de antes, algo debe fallar en nuestra sociedad y también entre nosotros mismos para que lecturas como las que os traigo hoy sólo nos produzcan una honda sensación de tristeza. Aunque, quizás, también nos traiga algo de esperanza. No es que haya sido la primera vez que me pasa, pero sí es, quizás, la más cercana. Y este artículo de Arturo Pérez Reverte lo describe de una manera genial:

Nunca antes me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando por Venecia. Los encuentras caminado por los puentes, a la orilla de los canales, cenando en los pequeños restaurantes del casco viejo. No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado. Mirando a los demás aprendes cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas siempre me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, la ternura contenida que a menudo sientes flotar entre ellos, en su inmovilidad, en sus silencios.

Pensaba en todo eso el otro día, a bordo del vaporetto que cubre el trayecto de San Marcos al Lido. Sobre la laguna soplaba un viento helado, los pasajeros íbamos encogidos de frío, y en un banco de la embarcación había una pareja, hombre y hombre, cuarentones, tranquilos. Se sentaban muy juntos, apoyado discretamente un hombro en el del compañero, en un intento de darse calor. Iban quietos y callados, mirando el agua verdegris y el cielo color ceniza. Y en un momento determinado, cuando el barco hizo un movimiento y la luz y la gama de grises del paisaje se combinaron de pronto con extraordinaria belleza, los ví cambiar una sonrisa rápida, fugaz, parecida a un beso o una caricia.


Parecían felices. Dos tipos con suerte, pensé. Aunque sea dentro de lo que cabe. Porque viéndolos allí, en aquella tarde glacial, a bordo del vaporetto que los llevaba a través de la laguna de esa ciudad cosmopolita, tolerante y sabia, pensé cuántas horas amargas no estarían siendo vengadas en ese momento por aquella sonrisa. Largas adoslescencias dando vueltas por los parques o los cines para descubrir el sexo, mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban abrazados en las fiestas del Instituto. Noches de echarse a la calle soñando con un príncipe azul de la misma edad, para volver de madrugada, hechos una mierda, llenos de asco y de soledad.


La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene los ojos bonitos, o una hermosa voz, porque, en vez de dar las gracias o sonreír, lo más probable es que le parta a uno la cara. Y cuando apetece salir, conocer, hablar, enamorarse o lo que sea, en vez de un café o un bar, verse condenado de por vida a los locales de ambiente, las madrugadas entre cuerpos Danone empastillados, reinonas escandalosas y drag queens de vía estrecha. Salvo que alguno -muchos- lo tenga mal asumido y se autoconfine a la alternativa cutre de la sauna, la sala X, la revista de contactos y la sordidez del urinario público.


A veces pienso en lo afortunado, o lo sólido, o lo entero, que debe de ser un homosexual que consigue llegar a los cuarenta sin odiar desaforadamente a esta sociedad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no se mete, en la cama. Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencor, a lo suyo, en vez de echarse a la calle a volarle los huevos a la gente que por activa o por pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de los chicos de catorce o quince años que a diario, todavía hoy, siguen teniéndolo igual que él lo tuvo: las mismas angustias, los mismos chistes de maricones en la tele, el mismo desprecio alrededor, la misma soledad y la misma amargura.


Envidio la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos, seres humanos por encima de todo. Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo, partidos, comunidades, grupos sociales, reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno, tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo puramente humano, se encuentra a un nivel abyecto, muy por debajo del suyo. Pensaba en todo eso mientras el barquito cruzaba la laguna y la pareja se mantenía inmóvil, el uno contra el otro, hombro con hombro. Y antes de volver a lo mío y olvidarlos, me pregunté cuantos fantasmas atormentados, cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa, incluso la vida, por estar en su lugar. Por estar allí, en Venecia, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.